No me gusta el colectivo
Por Victoria Cadavid R.

Hoy en la mañana, como es costumbre algunos días de la semana, salí de casa hacia mi oficina usando el servicio de transporte público. Para llegar a mi oficina, ubicada a unos 6 kilómetros de mi casa, normalmente tomo un servicio de transporte que en mi país se conoce como “colectivo”. Un pequeño bus de menos de 20 sillas en el que generalmente hay unas 19 personas sentadas y cerca de 17 personas de pie, algunas de ellas inclinadas debido al escaso espacio al interior del vehículo.

En mi país la experiencia de tomar transporte público no es la más agradable, y para mí ha sido particularmente traumática. Desde que estaba muy pequeña salir a la calle a tomar un bus, especialmente estando sola representaba una guerra de nervios y un inexplicable derroche de ansiedad, sin embrago, gracias a la fuerza de la costumbre usar el servicio público se convirtió en un elemento más de mi vida cotidiana.

Lo curioso es que esta mañana en el colectivo que tomé hacia mi trabajo, algo me distrajo del tráfico y la incomodidad hasta el punto de no dejarme siquiera percibir la situación. Un pequeño de unos 4 años estaba llorando amargamente sobre las piernas de su mamá. Al principio yo no entendía muy bien lo que pasaba hasta que en un momento escuché una frase que captó poderosamente mi atención.

En un momento, en medio del llanto, el pequeño dijo: “No me gusta el colectivo” Cuando escuché eso, de la boca de un angustiado niño de 4 años, inmediatamente me identifiqué con esa ansiedad que me carcomía en el pasado y con el deseo de abandonar ese lugar que me producía tanto miedo. Incluso me pregunté qué sería lo que le pasó a ese pequeño para odiar tanto ese medio de transporte y de alguna manera me tranquilicé al ver que quizás no era tan extraño que en algún momento de mi vida esa situación me hubiera hecho sentir ansiosa a mí también.

Luego de un rato de oír al niño llorar y ver a su mamá intentarlo todo por mantener la calma en medio de la situación, empecé a identificarme con el niño de una forma totalmente diferente. Llegó un momento en el que entendí que por más deseos que tuviera el niño de bajarse del bus, por más que le pidiera a su mamá que se bajaran y por más que reclamara y argumentara que el bus lo iba a dejar muy lejos, no había forma de que su mamá cumpliera sus deseos hasta que llegaran a su destino.

Eso me hizo pensar en todas las veces en que yo he estado en esa posición de luchar contra las cosas que no se pueden cambiar usando exactamente los mismos argumentos del niño… “Yo no me quería subir a este bus”, “Me quiero bajar”, “Esto me deja muy lejos”, “No me gusta el colectivo”… Para saber que al fin de cuentas el resultado es siempre el mismo… Por incómodo que sea, por miedo que me produzca, por más ansiedad que me genere, no me puedo bajar hasta que llegue al destino.

Entendí que los seres humanos luchamos contra lo que nos incomoda desde siempre. Estamos expuestos a cientos de situaciones desagradables, incómodas y asustadoras, contra las que luchamos con todo lo que tenemos. En el momento en que lo entendí dejé de sentir lástima por el pequeño y dejé de sentir lástima por mí.

Comprendí que esas cosas son parte de la naturaleza y al luchar con todas nuestras fuerzas contra ellas solo logramos hacer que ese corto trayecto se sienta mucho más largo de lo que es y que nuestro cerebro y nuestro corazón trabajen muy duro por cambiar lo que no se puede cambiar, lo cual implica un enorme esfuerzo que al contrario de rendir algún resultado útil solo sirve para que nos agotemos y alimentemos emociones y estados de ánimo que solo nos van a hacer cada vez más infelices e incapaces de afrontar la inevitable dificultad.

Luego de algunos minutos y de intentar refugiarse en su mamá, llorar, quejarse e insistir en que se quería bajar, el niño encontró algo que para mí fue revelador. Al cabo de unos minutos el pequeño dejó de enfocarse en su sufrimiento, dejó de concentrase en su incomodidad, y su ansiedad como por arte de magia desapareció. El pequeño finalmente se entretuvo jugando con su maleta y haciéndole bromas a su mamá Parecía que ya ni siquiera estaba consciente de que estaba sentado en ese bus.

En el fondo, creo que el niño cambió sus pensamientos y con ese hecho cesó su sufrimiento. Las condiciones eran exactamente las mismas. El niño seguía sentado en ese bus esperando hasta que llegara a su destino, pero ya no estaba sufriendo. Estaba usando su capacidad para algo más productivo o por lo menos algo menos destructivo.

Normalmente creemos que las circunstancias nos causan sufrimiento, pero en la mayoría de los casos (y lo puedo decir por experiencia) ese sufrimiento nos lo proporcionamos nosotros mismos con nuestros pensamientos, al dejar que nuestro miedo nos paralice, genere reacciones violentas o nos haga huir. Sin embrago, ahora veo que el miedo es nuestro y como todo lo que tenemos y todo lo que adquirimos a lo largo de la vida, debemos aprender a administrarlo.

Los riesgos son reales, los peligros efectivamente existen, la incomodidad está a la mano en cada cosa de la vida, pero la capacidad para afrontar esas situaciones como una tortura o como un evento natural, está en nosotros y depende de cómo decidamos ver la realidad. Depende de a qué pensamientos les damos cabida en nuestra mente y qué acciones tomamos desde la consciencia de que hay cosas en nuestra realidad que simplemente son así aunque no nos guste.

Yo creo que si dejamos de desear que las cosas sean diferentes y sufrir por lo que no se puede cambiar, o incluso por lo que tememos que pueda pasar (y nunca pasa), y más bien tomamos acción, posiblemente sea menos el sufrimiento y muchas más las posibilidades de que las cosas realmente cambien para bien.

¿Qué tal si empezamos a ver la vida con menos miedo y menos angustia? ¿Qué tal si convertimos nuestras experiencias en eso y nada más… En experiencias… ¿Qué tal si invertimos nuestro esfuerzo en generar ideas y pensamientos orientados al cambio en lugar de sufrir nuestra realidad (por dura o incómoda que sea)?

Yo estoy convencida de que si empezamos a ver la realidad tal cual es y no desde el deseo de que sea diferente, posiblemente las cosas sencillas de nuestra vida sean mucho menos trágicas y dolorosas, posiblemente empecemos a disfrutar más la vida y a tener menos miedo de cosas que ni siquiera van a pasar. ¡Yo empecé hoy!

Victoria Cadavid
Directora & coach de vida - Alfavalue