La queja… Inevitable pero inútil

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2015 10:27 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 31 ago. 2015 11:46 ]
Escrito por Victoria Cadavid
Coach de Esencia Alfavalue

La queja
Hace varios años, tuve la oportunidad de conocer a una persona que se quejaba de cada cosa que le delegaban. Es cierto que tenía muchas responsabilidades y responsabilidades delicadas, sin embargo en un principio me costó mucho trabajo entender su actitud. No había una sola labor que esta persona pudiera realizar con gusto. En un principio me incomodó su actitud. Cada vez que empezaba a quejarse, el ambiente se ponía más denso, como si todos a su alrededor tuviéramos que sufrir la desgracia de que le hubieran delegado alguna responsabilidad, y a pesar de mi juventud y mi falta de perspicacia, pronto empecé a sospechar que esa persona tenía que estarse sintiendo sumamente infeliz en su trabajo.

Poco tiempo después me di cuenta de que mi actitud cuando recibía retos nuevos tampoco era la mejor; me sentía como si me hubieran lanzado al precipicio e inmediatamente aparecía ese extraño pesimismo y ese deseo de expresarme de forma negativa. Rápidamente reconocí que yo no estaba actuando de una forma diferente. En ese momento me puse sobre alerta y me di a la tarea de tratar de entender la situación. Yo amaba mi trabajo, no era perfecto pero estaba satisfecha con todo lo que estaba aprendiendo, era muy joven y quizás me faltaba motivación y carácter para ver los retos como algo positivo, sin embargo independientemente de eso, lo que me dejó esa experiencia fue una de las mayores lecciones de mi vida.

Gracias al ejemplo que vi en el escritorio de al lado y a la reflexión que me llevó a cuestionarme acerca de mi propia actitud ante las cosas nuevas, entendí que lo más grave de la queja es que es solo un síntoma de algo que en la mayoría de los casos ni siquiera hemos detectado que está presente en nosotros. Una de las cosas más curiosas de la queja es que en la mayoría de los casos no permite que nos demos cuenta de que algo nos pasa hasta que ya hemos desbaratado el mundo y lo hemos vuelto a armar con nuestro rosario de expresiones negativas, cargadas de juicios y razonamientos. Nos quejamos porque algo no nos gusta, nos quejamos porque nos incomoda, nos quejamos porque no nos parece justo, nos quejamos porque no estamos preparados o porque sentimos que no nos corresponde hacerlo…

La lista de razones por las que nos quejamos podría ser infinita, lo cierto es que sea cual sea la razón que nos impulsa a quejarnos, es necesario que entendamos que si nuestra única reacción ante un evento que nos vuelve pesimistas y nos hace obrar y expresarnos de forma negativa es  sumirnos en el universo infinito de la queja, quizás estemos siendo absolutamente inconscientes de lo que realmente nos está pasando y en consecuencia estemos privándonos a nosotros mismos de la posibilidad de resolverlo.

Cuando empezamos a quejarnos exteriorizamos lo que nos incomoda. Es una forma de desahogo que adicionalmente nos permite encontrar personas que refuercen nuestra incomodidad, ya que no hay nada más satisfactorio que encontrar que a otra persona también le parece injusto, horrible, grave, desconsiderado o desastroso eso de lo que nos queremos quejar.

La queja nos ayuda a justificarnos, nos produce una ligera sensación de control sobre todas aquellas cosas que se salen de nuestras manos. Nos quejamos por el clima, nos quejamos por las decisiones que toman otros, nos quejamos de la corrupción, nos quejamos cuando sentimos que a otros los favorecen por encima de nosotros y eso nos hace sentir “justificados”, nos hace sentir que estamos “en lo correcto”. Sin embargo yo me pregunto… ¿eso para qué sirve?

En los últimos años he pensado mucho acerca de esto… En un principio, quise defender mi derecho a quejarme argumentando que es algo inevitable, que es una forma de desahogo, que los seres humanos necesitamos quejarnos… y no me refiero a las quejas que se interponen ante entidades competentes para denunciar un hecho ilícito, incumplimiento en un servicio o alguna otra queja que se presente como procedimiento legal. No! Me refiero a la retahíla infinita de expresiones negativas que usamos para contarle al mundo que algo nos molesta, que están siendo injustos con nosotros o que lo que sucede a nuestro alrededor no nos gusta, y yo me sigo preguntando ¿de qué sirve?

Para nadie es un secreto que la injusticia existe, que la corrupción está presente dónde quiera que vayamos, que dónde veamos hay abuso de poder, violencia, calamidades y muchas otras cosas que nos incomodan, nos molestan y nos indignan hasta el tuétano… Eso es absolutamente cierto y desde luego nada de eso es nuestra culpa, sin embargo nunca nadie combatió estos flagelos usando únicamente sus quejas.

Lo que he descubierto respecto a la queja en los últimos años es que no es más que una forma de auto-compasión. Desde mi punto de vista, la queja no es más que una forma de lidiar con lo que nos incomoda sin asumir ningún compromiso, dejando la responsabilidad de resolver las cosas en manos de otros o en manos de nadie.

El verdadero problema de la queja no es la queja en sí misma. Como dije al principio, si bien la queja puede arruinar cualquier ambiente familiar, social o laboral, e incluso convertirse en un fenómeno viral, el mayor problema con ella no es ni siquiera su impacto en el clima de los lugares en que nos desenvolvemos, el problema de la queja es que nos impide ver lo que realmente nos pasa y nos imposibilita para tomar acciones de cambio.

En una de sus publicaciones el Escritor Americano Dale Carnegie recomienda “cooperar con lo inevitable”, y para mí esta ha sido una extraordinaria sugerencia en mi lucha personal contra la queja.

Hace poco un adolescente estrelló mi auto con el suyo en una maniobra descuidada. Después de casi una hora de espera, él y su hermano lograron juntar una suma de dinero muy cercana a lo que yo les pedí para cubrir los gastos de la reparación. Además del golpe y todo lo que implicaría el trámite de la reparación, incluyendo varios días sin mi vehículo, me fui del lugar muy enojada porque la persona que les trajo el dinero insinuó que yo estaba cobrando demasiado.

La verdad es que el golpe parecía leve, yo pensé que sería cuestión de enderezar y pintar la pieza golpeada entonces aproveché que recientemente había cotizado la pintura de esa pieza en mi centro de servicios de confianza y les pedí una suma de dinero que me pareció justa.  Desde luego me sentí muy ofendida con la actitud de esa persona, que ni siquiera me dirigía la palabra y mucho más ante la insinuación de que yo estaba cobrando más de lo justo. Lo cierto es que el valor total de la reparación fue de 4 veces el valor que me dieron ese día y por un descuido del concesionario estuve sin carro cerca de dos semanas. En un principio me molesté mucho y desde luego me quejé, como ya dije, es una reacción natural, aunque no por eso puedo decir que sea útil.

Lo cierto es que recordé que ante lo inevitable lo mejor es cooperar. Entendí que esos muchachos con seguridad hicieron su mayor esfuerzo. No los voy a excusar, porque en efecto era su responsabilidad asumir el descuido, sin embargo habiendo hecho ellos su parte y ya que la decisión de conciliar fue mía, tomé la decisión de asumir las consecuencias y cooperar con lo inevitable. Fue muy molesto haber perdido dinero, tiempo y haber estado sin transporte casi dos semanas por algo que era culpa de otra persona, sin embargo entendí que quejarme no servía para nada más que para incrementar mi malestar. Lo único que podía hacer la diferencia y cambiar las circunstancias era mi decisión de cooperar y tomar acciones para reparar el daño.

En otro momento de mi vida, creo que aun estaría quejándome de la situación, sin embargo entendí que aunque la culpa de lo ocurrido no era mía, la capacidad de dejar de sufrir por eso y la responsabilidad de actuar y corregir el daño en ese momento eran únicamente mías. Por más que me quejara, el daño no se iba a reparar solo y no iba a costar menos.

Lo complicado de la queja es que enmascara las posibilidades de cambio y produce en nosotros una sensación casi como de estar eximidos de la responsabilidad, cuando en realidad solo sirve para exacerbar nuestro enojo y nuestra incomodidad, molestar a otros con nuestro pesimismo y nuestras expresiones negativas y para mantenernos enfrascados en argumentos que aunque estén respaldados por la justicia y la razón no nos llevan por si solos a una solución efectiva.

Estoy convencida de que por más que intentemos evitarlo siempre habrá alguna cosa que haga que nos quejemos, lo que no debería pasar es que la queja se convierta en nuestro mecanismo inconsciente para lidiar con lo que nos incomoda. ¿Porque no mejor esforzarnos por reemplazar  esas quejas con acciones que nos ayuden a cambiar las circunstancias que nos molestan o aprender a cooperar con esas circunstancias inevitables que no podemos cambiar?

Estoy segura de que si empezamos a reemplazar la actitud permanente de queja por una mayor conciencia de lo que nos incomoda y asumimos la responsabilidad de cambiarlo o dejar de sufrir por eso, nos vamos a convertir en personas más productivas, más agradables y más satisfechas con nosotros mismos.