5 Pautas para decir NO .

publicado a la‎(s)‎ 21 jul. 2017 8:54 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 26 jul. 2017 14:38 ]

¿Qué tan bueno eres diciendo NO?





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¿Estás en busca de un coach?

publicado a la‎(s)‎ 25 sept. 2015 12:40 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 25 sept. 2015 12:44 ]

coaching

Nos gustaría sugerirte 3 cosas muy importantes que deberías considerar al elegir un Coach


El coaching es un proceso individual en el que un profesional te va a acompañar en un recorrido de auto-descubrimiento, transformación persona, logro de objetivos y toma de decisiones.

Este es un delicado proceso en el que tus valores, creencias y paradigmas van a quedar expuestos y en el vas a enfrentar nuevos retos y a asumir compromisos personales de gran profundidad, por esa razón es fundamental que selecciones un coach profesional con el que te sientas a gusto y en el que sientas que puedes confiar.

Para ayudarte en esta elección hemos creado este listado con 3 preguntas que creemos que te pueden ayudar a seleccionar al coach adecuado para acompañarte en el logro de tus propios objetivos.

1. ¿Esa persona es realmente un coach?

En el mercado encontramos otro tipo de acompañamiento diferente al coaching que en muchos casos se confunde en su alcance con esta disciplina, tal es el caso del mentoring, la psicoterapia, la consultoría o el entrenamiento, entre otros.

El Coaching es diferente a estas disciplinas y debe ser ejercido por un profesional que no solo conozca la metodología sino que la domine y la use dentro de los parámetros éticos que rigen esta profesión, por esa razón deberías asegurarte de que el coach que te acompañe, cuente con credenciales que lo acrediten como coach profesional y que tenga experiencia suficiente para ejercer esta profesión con la propiedad que se requiere.

Una buena recomendación para que valides las credenciales de tu coach es indagar acerca del tipo de estudios que ha realizado, con qué título o certificación cuenta, si es una certificación de una institución reconocida y acreditada por alguna federación o autoridad educativa confiable y con qué experiencia cuenta. Recuerda que una ventaja de llevar a cabo un proceso de coaching con un coach profesional capacitado y certificado por una institución seria es la garantía de que esta persona se va a ceñir a un código de ética y va a ejecutar el proceso acorde a las buenas prácticas y metodologías comprobadas.

2. ¿Qué dicen de él otros clientes? – ¿Lo recomiendan?

Es muy común que las personas lleguen a un coach gracias a una buena recomendación; esto es indispensable pero no siempre sucede. En caso que no cuentes con uno o varios coaches recomendados; deberías buscar casos de éxito o testimonios de personas que hayan recibido coaching con esta persona.

Lee o escucha con detenimiento las experiencias de otros y busca similitudes con tu situación. Si es necesario contacta a alguno de esos clientes y pídeles su opinión.

3. ¿Existe empatía entre el coach y tú?

Si las dos preguntas anteriores han sido resueltas, y sientes que esta persona podría ser tu coach, es necesario que te reúnas frente a frente con él y sostengan una conversación sobre el proceso, o sobre algún otro tema. Esta es la única forma en que podrás saber si existe empatía entre el coach y tú, lo cual es indispensable si tenemos en cuenta que es una persona con la que vas a compartir cosas delicadas y personales y con la que debes establecer un vínculo de confianza.

Resolviendo estas tres preguntas podrás llevarte una idea acerca de si ésta es la persona que quieres que te acompañe en un proceso de coaching, aun así te sugerimos que compares entre varias opciones. Es recomendable que realices este mismo proceso con por lo menos dos candidatos de modo que al final puedas tomar una decisión con la que te sienta totalmente tranquilo.

Alfavalue



Te invitamos a conocer los perfiles de los coaches vinculados a Alfavalue:

www.alfavalue.com/victoria-cadavid
www.alfavalue.com/luis-alejandro-esteban


La queja… Inevitable pero inútil

publicado a la‎(s)‎ 31 ago. 2015 10:27 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 31 ago. 2015 11:46 ]

Escrito por Victoria Cadavid
Coach de Esencia Alfavalue

La queja
Hace varios años, tuve la oportunidad de conocer a una persona que se quejaba de cada cosa que le delegaban. Es cierto que tenía muchas responsabilidades y responsabilidades delicadas, sin embargo en un principio me costó mucho trabajo entender su actitud. No había una sola labor que esta persona pudiera realizar con gusto. En un principio me incomodó su actitud. Cada vez que empezaba a quejarse, el ambiente se ponía más denso, como si todos a su alrededor tuviéramos que sufrir la desgracia de que le hubieran delegado alguna responsabilidad, y a pesar de mi juventud y mi falta de perspicacia, pronto empecé a sospechar que esa persona tenía que estarse sintiendo sumamente infeliz en su trabajo.

Poco tiempo después me di cuenta de que mi actitud cuando recibía retos nuevos tampoco era la mejor; me sentía como si me hubieran lanzado al precipicio e inmediatamente aparecía ese extraño pesimismo y ese deseo de expresarme de forma negativa. Rápidamente reconocí que yo no estaba actuando de una forma diferente. En ese momento me puse sobre alerta y me di a la tarea de tratar de entender la situación. Yo amaba mi trabajo, no era perfecto pero estaba satisfecha con todo lo que estaba aprendiendo, era muy joven y quizás me faltaba motivación y carácter para ver los retos como algo positivo, sin embargo independientemente de eso, lo que me dejó esa experiencia fue una de las mayores lecciones de mi vida.

Gracias al ejemplo que vi en el escritorio de al lado y a la reflexión que me llevó a cuestionarme acerca de mi propia actitud ante las cosas nuevas, entendí que lo más grave de la queja es que es solo un síntoma de algo que en la mayoría de los casos ni siquiera hemos detectado que está presente en nosotros. Una de las cosas más curiosas de la queja es que en la mayoría de los casos no permite que nos demos cuenta de que algo nos pasa hasta que ya hemos desbaratado el mundo y lo hemos vuelto a armar con nuestro rosario de expresiones negativas, cargadas de juicios y razonamientos. Nos quejamos porque algo no nos gusta, nos quejamos porque nos incomoda, nos quejamos porque no nos parece justo, nos quejamos porque no estamos preparados o porque sentimos que no nos corresponde hacerlo…

La lista de razones por las que nos quejamos podría ser infinita, lo cierto es que sea cual sea la razón que nos impulsa a quejarnos, es necesario que entendamos que si nuestra única reacción ante un evento que nos vuelve pesimistas y nos hace obrar y expresarnos de forma negativa es  sumirnos en el universo infinito de la queja, quizás estemos siendo absolutamente inconscientes de lo que realmente nos está pasando y en consecuencia estemos privándonos a nosotros mismos de la posibilidad de resolverlo.

Cuando empezamos a quejarnos exteriorizamos lo que nos incomoda. Es una forma de desahogo que adicionalmente nos permite encontrar personas que refuercen nuestra incomodidad, ya que no hay nada más satisfactorio que encontrar que a otra persona también le parece injusto, horrible, grave, desconsiderado o desastroso eso de lo que nos queremos quejar.

La queja nos ayuda a justificarnos, nos produce una ligera sensación de control sobre todas aquellas cosas que se salen de nuestras manos. Nos quejamos por el clima, nos quejamos por las decisiones que toman otros, nos quejamos de la corrupción, nos quejamos cuando sentimos que a otros los favorecen por encima de nosotros y eso nos hace sentir “justificados”, nos hace sentir que estamos “en lo correcto”. Sin embargo yo me pregunto… ¿eso para qué sirve?

En los últimos años he pensado mucho acerca de esto… En un principio, quise defender mi derecho a quejarme argumentando que es algo inevitable, que es una forma de desahogo, que los seres humanos necesitamos quejarnos… y no me refiero a las quejas que se interponen ante entidades competentes para denunciar un hecho ilícito, incumplimiento en un servicio o alguna otra queja que se presente como procedimiento legal. No! Me refiero a la retahíla infinita de expresiones negativas que usamos para contarle al mundo que algo nos molesta, que están siendo injustos con nosotros o que lo que sucede a nuestro alrededor no nos gusta, y yo me sigo preguntando ¿de qué sirve?

Para nadie es un secreto que la injusticia existe, que la corrupción está presente dónde quiera que vayamos, que dónde veamos hay abuso de poder, violencia, calamidades y muchas otras cosas que nos incomodan, nos molestan y nos indignan hasta el tuétano… Eso es absolutamente cierto y desde luego nada de eso es nuestra culpa, sin embargo nunca nadie combatió estos flagelos usando únicamente sus quejas.

Lo que he descubierto respecto a la queja en los últimos años es que no es más que una forma de auto-compasión. Desde mi punto de vista, la queja no es más que una forma de lidiar con lo que nos incomoda sin asumir ningún compromiso, dejando la responsabilidad de resolver las cosas en manos de otros o en manos de nadie.

El verdadero problema de la queja no es la queja en sí misma. Como dije al principio, si bien la queja puede arruinar cualquier ambiente familiar, social o laboral, e incluso convertirse en un fenómeno viral, el mayor problema con ella no es ni siquiera su impacto en el clima de los lugares en que nos desenvolvemos, el problema de la queja es que nos impide ver lo que realmente nos pasa y nos imposibilita para tomar acciones de cambio.

En una de sus publicaciones el Escritor Americano Dale Carnegie recomienda “cooperar con lo inevitable”, y para mí esta ha sido una extraordinaria sugerencia en mi lucha personal contra la queja.

Hace poco un adolescente estrelló mi auto con el suyo en una maniobra descuidada. Después de casi una hora de espera, él y su hermano lograron juntar una suma de dinero muy cercana a lo que yo les pedí para cubrir los gastos de la reparación. Además del golpe y todo lo que implicaría el trámite de la reparación, incluyendo varios días sin mi vehículo, me fui del lugar muy enojada porque la persona que les trajo el dinero insinuó que yo estaba cobrando demasiado.

La verdad es que el golpe parecía leve, yo pensé que sería cuestión de enderezar y pintar la pieza golpeada entonces aproveché que recientemente había cotizado la pintura de esa pieza en mi centro de servicios de confianza y les pedí una suma de dinero que me pareció justa.  Desde luego me sentí muy ofendida con la actitud de esa persona, que ni siquiera me dirigía la palabra y mucho más ante la insinuación de que yo estaba cobrando más de lo justo. Lo cierto es que el valor total de la reparación fue de 4 veces el valor que me dieron ese día y por un descuido del concesionario estuve sin carro cerca de dos semanas. En un principio me molesté mucho y desde luego me quejé, como ya dije, es una reacción natural, aunque no por eso puedo decir que sea útil.

Lo cierto es que recordé que ante lo inevitable lo mejor es cooperar. Entendí que esos muchachos con seguridad hicieron su mayor esfuerzo. No los voy a excusar, porque en efecto era su responsabilidad asumir el descuido, sin embargo habiendo hecho ellos su parte y ya que la decisión de conciliar fue mía, tomé la decisión de asumir las consecuencias y cooperar con lo inevitable. Fue muy molesto haber perdido dinero, tiempo y haber estado sin transporte casi dos semanas por algo que era culpa de otra persona, sin embargo entendí que quejarme no servía para nada más que para incrementar mi malestar. Lo único que podía hacer la diferencia y cambiar las circunstancias era mi decisión de cooperar y tomar acciones para reparar el daño.

En otro momento de mi vida, creo que aun estaría quejándome de la situación, sin embargo entendí que aunque la culpa de lo ocurrido no era mía, la capacidad de dejar de sufrir por eso y la responsabilidad de actuar y corregir el daño en ese momento eran únicamente mías. Por más que me quejara, el daño no se iba a reparar solo y no iba a costar menos.

Lo complicado de la queja es que enmascara las posibilidades de cambio y produce en nosotros una sensación casi como de estar eximidos de la responsabilidad, cuando en realidad solo sirve para exacerbar nuestro enojo y nuestra incomodidad, molestar a otros con nuestro pesimismo y nuestras expresiones negativas y para mantenernos enfrascados en argumentos que aunque estén respaldados por la justicia y la razón no nos llevan por si solos a una solución efectiva.

Estoy convencida de que por más que intentemos evitarlo siempre habrá alguna cosa que haga que nos quejemos, lo que no debería pasar es que la queja se convierta en nuestro mecanismo inconsciente para lidiar con lo que nos incomoda. ¿Porque no mejor esforzarnos por reemplazar  esas quejas con acciones que nos ayuden a cambiar las circunstancias que nos molestan o aprender a cooperar con esas circunstancias inevitables que no podemos cambiar?

Estoy segura de que si empezamos a reemplazar la actitud permanente de queja por una mayor conciencia de lo que nos incomoda y asumimos la responsabilidad de cambiarlo o dejar de sufrir por eso, nos vamos a convertir en personas más productivas, más agradables y más satisfechas con nosotros mismos. 

La misteriosa zona de confort

publicado a la‎(s)‎ 18 jun. 2015 8:42 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 19 jun. 2015 7:22 ]

Por Victoria Cadavid
Coach de Esencia Alfavalue

La Misteriosa Zona de Confort
En el ejercicio como coach he visto que uno de los escenarios más comunes es el de las personas que inician un proceso motivados por la intensión de “salirse de su zona de confort”. Pensando en esto me di cuenta de que si bien “zona de confort” es un término que cuando se menciona parece tener el mismo significado para todos y ser entendido (o interpretado) de forma universal como un estado de relativa calma (o relativa ansiedad) en el que la característica principal es la ausencia de riesgo y cosas desconocidas, la zona de confort encierra para mí ciertos misterios que superan su simple interpretación…

El primero de los misterios de la zona de confort es el hecho de que al parecer las personas solo somos conscientes de ella cuando empezamos a sentir la necesidad de dejarla.

La forma en que los seres humanos nos aproximamos a este concepto es más o menos la misma, es una sensación de necesitar un cambio, de sentir que necesitamos expandir nuestros horizontes o ampliar nuestra visión. Esa extraña sensación de necesitar algo más o algo diferente, es al parecer lo que nos permite identificar que estamos “acomodados” en una “Zona cómoda”, pero ¿Es realmente cómoda?

La razón por la que se le ha denominado zona de confort es porque en ella no hay riesgo, allí encontramos lo conocido, lo familiar, todas esas cosas a las que estamos habituados (buenas o malas), lo interesante y lo que a mi juicio es una gran ironía es que allí normalmente no nos sentimos cómodos, nos sentimos “acomodados”, que es algo diferente…

Cuando estamos acomodados, sabemos cómo hacer las cosas, cómo encarar la dificultad, podemos prever lo que podría llegar a ocurrir e incluso podemos demostrar maestría en resolver los desafíos cotidianos que se presentan en el pequeño territorio de lo conocido. La pregunta que me lleva al misterio número dos es… ¿Si allí dominamos el escenario, somos amos y señores de nuestros hábitos y nuestras rutinas, conocemos todo lo que nos rodea… ¿Por qué nos queremos salir?

¿No les parece extraña esa necesidad del ser humano, de querer sacrificar lo que conoce y lo que domina en aras de algo bueno, mejor o simplemente algo diferente? Para mí es todo un misterio, y me lleva a creer que posiblemente la búsqueda de la felicidad implica no solo la aceptación del cambio como algo inevitable, sino la búsqueda natural del cambio como algo que contribuye a la felicidad de los seres humanos.

Para muchas personas a las que el cambio les asusta esta con seguridad podría parecer la más grande ironía en la historia, sin embargo el hecho de que por alguna razón la mayoría de los seres humanos en algún punto de la vida lleguemos a desear que nuestro horizonte se expanda, que nuestro conocimiento aumente, que nuestros hábitos cambien, etc., es una muestra de que los seres humanos estamos diseñados para buscar el cambio como parte de nuestra propia naturaleza.

Yo no desconozco que hay personas con mucha mayor propensión al riesgo y otras con mayor apego a nuestros miedos. Yo misma me clasificaría en la segunda categoría, sin embrago, también reconozco esa voluntad, esa necesidad, ese extraño deseo de cambio (salido de no sé dónde) que muchas veces nos hace querer sacrificar lo conocido en busca de cosas mejores, más emocionantes o simplemente diferentes.

Ese deseo de experimentar, ese deseo de conocer y de ver más allá es muy evidente en los niños, que parecen no tener muchos prejuicios respecto a exponerse a lo desconocido. Los niños se aburren rápido de lo mismo, quieren saber qué hay más allá y no experimentan el mismo miedo que tenemos los adultos a sacrificar todo lo que conocemos.

Esto me hace pensar en el tercer misterio y es… Si cuando somos pequeños parece que esa zona no existiera, ahora que somos adultos ¿Por qué nos da tanto miedo dejarla incluso a pesar de que algo nos mueva intensamente a salir?

Esa sensación de querer dejar la zona de confort es algo que los teóricos denominan tensión creativa y ese profundo temor de sacrificar lo conocido y exponernos a lo que no conocemos lo han llamado tensión emocional. Que tan intensa sea esa lucha entre la tensión que nos impulsa a buscar cambios y retos y ese miedo que nos paraliza y se convierte en la más grande justificación para evadir el cambio, tiene mayor o menor intensidad dependiendo del individuo.

Hay casos en los que la tensión emocional es tan fuerte que la persona prefiere quedarse por mucho tiempo en su zona “cómoda” o desarrollar mecanismos para evadir los cambios o simplemente hacer pequeños ajustes que no impliquen una verdadera transformación.

Por el otro lado, existe un sinnúmero de casos en que las personas encuentran valor en reconocer su capacidad, se apegan a sus valores más profundos, recuperan eso que de niños los movía a querer aprender y querer buscar nuevas experiencias y provechan la tensión creativa para tomar la valiente decisión de salir de su zona de confort.

El descubrimiento más grande y quizás el últimos de los misterios que quiero abordar es: ¿Qué es lo que pasa cuando finalmente decidimos salir de la zona de confort.

En mi experiencia, lo que devela ese misterio es algo particular para cada uno. Para muchos es un encuentro consigo mismos y un descubrimiento de toda su capacidad, para otros es el conocimiento de cosas nuevas, para muchos es una transformación personal, una sensación de estar empoderados o haber recobrado el control de su vida. Para algunos representa el logro de la visión o el alcance de sus sueños. Lo único cierto es que nada es igual cuando decidimos salirnos de la zona de confort.

Cuando decidimos salir, el temor más grande es no poder regresar nunca más a lo conocido o caer en un vacío profundo de fracaso, sufrimiento y vergüenza, sin embargo lo que realmente sucede es que con esas acciones que nos retan a hacer lo que nunca hemos hecho, a probar métodos descabellados, a usar nuestra creatividad sin preocuparnos por lo que los demás puedan pensar, lo que logramos es expandir el terreno de lo conocido, aprender y descubrir de qué somos capaces.

La fórmula suena simple, sin embargo nadie dijo que fuera fácil desafiar a los dragones de temor y desconfianza que custodian nuestra zona cómoda. Nadie dijo que fuera fácil hacer camino en un territorio totalmente desconocido o que fuera sencillo arriesgarse a caminar por un sendero inhóspito por el que nadie ha caminado, sin manual.

Lo único cierto es que este camino por duro que sea y aunque implique un monto indecible de trabajo, es lo único que nos conduce hacia eso que nuestra consciencia nos trata de indicar cuando señala que es hora de salir de la zona de confort. Este camino conduce hacia nuevos horizontes de conocimiento y nuevas experiencias que no solo nos hagan sentir satisfechos sino victoriosos, que contribuyan a satisfacer el sentido natural de propósito en todo lo que hagamos y nos conviertan en versiones mejores de nosotros mismos, al fin de cuentas en eso consiste el desarrollo y es la única evidencia de que estamos dando pasos hacia conseguir lo que nos hace verdaderamente felices.

No me gusta el colectivo

publicado a la‎(s)‎ 26 may. 2015 13:31 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 26 may. 2015 15:05 ]

No me gusta el colectivo
Por Victoria Cadavid R.

Hoy en la mañana, como es costumbre algunos días de la semana, salí de casa hacia mi oficina usando el servicio de transporte público. Para llegar a mi oficina, ubicada a unos 6 kilómetros de mi casa, normalmente tomo un servicio de transporte que en mi país se conoce como “colectivo”. Un pequeño bus de menos de 20 sillas en el que generalmente hay unas 19 personas sentadas y cerca de 17 personas de pie, algunas de ellas inclinadas debido al escaso espacio al interior del vehículo.

En mi país la experiencia de tomar transporte público no es la más agradable, y para mí ha sido particularmente traumática. Desde que estaba muy pequeña salir a la calle a tomar un bus, especialmente estando sola representaba una guerra de nervios y un inexplicable derroche de ansiedad, sin embrago, gracias a la fuerza de la costumbre usar el servicio público se convirtió en un elemento más de mi vida cotidiana.

Lo curioso es que esta mañana en el colectivo que tomé hacia mi trabajo, algo me distrajo del tráfico y la incomodidad hasta el punto de no dejarme siquiera percibir la situación. Un pequeño de unos 4 años estaba llorando amargamente sobre las piernas de su mamá. Al principio yo no entendía muy bien lo que pasaba hasta que en un momento escuché una frase que captó poderosamente mi atención.

En un momento, en medio del llanto, el pequeño dijo: “No me gusta el colectivo” Cuando escuché eso, de la boca de un angustiado niño de 4 años, inmediatamente me identifiqué con esa ansiedad que me carcomía en el pasado y con el deseo de abandonar ese lugar que me producía tanto miedo. Incluso me pregunté qué sería lo que le pasó a ese pequeño para odiar tanto ese medio de transporte y de alguna manera me tranquilicé al ver que quizás no era tan extraño que en algún momento de mi vida esa situación me hubiera hecho sentir ansiosa a mí también.

Luego de un rato de oír al niño llorar y ver a su mamá intentarlo todo por mantener la calma en medio de la situación, empecé a identificarme con el niño de una forma totalmente diferente. Llegó un momento en el que entendí que por más deseos que tuviera el niño de bajarse del bus, por más que le pidiera a su mamá que se bajaran y por más que reclamara y argumentara que el bus lo iba a dejar muy lejos, no había forma de que su mamá cumpliera sus deseos hasta que llegaran a su destino.

Eso me hizo pensar en todas las veces en que yo he estado en esa posición de luchar contra las cosas que no se pueden cambiar usando exactamente los mismos argumentos del niño… “Yo no me quería subir a este bus”, “Me quiero bajar”, “Esto me deja muy lejos”, “No me gusta el colectivo”… Para saber que al fin de cuentas el resultado es siempre el mismo… Por incómodo que sea, por miedo que me produzca, por más ansiedad que me genere, no me puedo bajar hasta que llegue al destino.

Entendí que los seres humanos luchamos contra lo que nos incomoda desde siempre. Estamos expuestos a cientos de situaciones desagradables, incómodas y asustadoras, contra las que luchamos con todo lo que tenemos. En el momento en que lo entendí dejé de sentir lástima por el pequeño y dejé de sentir lástima por mí.

Comprendí que esas cosas son parte de la naturaleza y al luchar con todas nuestras fuerzas contra ellas solo logramos hacer que ese corto trayecto se sienta mucho más largo de lo que es y que nuestro cerebro y nuestro corazón trabajen muy duro por cambiar lo que no se puede cambiar, lo cual implica un enorme esfuerzo que al contrario de rendir algún resultado útil solo sirve para que nos agotemos y alimentemos emociones y estados de ánimo que solo nos van a hacer cada vez más infelices e incapaces de afrontar la inevitable dificultad.

Luego de algunos minutos y de intentar refugiarse en su mamá, llorar, quejarse e insistir en que se quería bajar, el niño encontró algo que para mí fue revelador. Al cabo de unos minutos el pequeño dejó de enfocarse en su sufrimiento, dejó de concentrase en su incomodidad, y su ansiedad como por arte de magia desapareció. El pequeño finalmente se entretuvo jugando con su maleta y haciéndole bromas a su mamá Parecía que ya ni siquiera estaba consciente de que estaba sentado en ese bus.

En el fondo, creo que el niño cambió sus pensamientos y con ese hecho cesó su sufrimiento. Las condiciones eran exactamente las mismas. El niño seguía sentado en ese bus esperando hasta que llegara a su destino, pero ya no estaba sufriendo. Estaba usando su capacidad para algo más productivo o por lo menos algo menos destructivo.

Normalmente creemos que las circunstancias nos causan sufrimiento, pero en la mayoría de los casos (y lo puedo decir por experiencia) ese sufrimiento nos lo proporcionamos nosotros mismos con nuestros pensamientos, al dejar que nuestro miedo nos paralice, genere reacciones violentas o nos haga huir. Sin embrago, ahora veo que el miedo es nuestro y como todo lo que tenemos y todo lo que adquirimos a lo largo de la vida, debemos aprender a administrarlo.

Los riesgos son reales, los peligros efectivamente existen, la incomodidad está a la mano en cada cosa de la vida, pero la capacidad para afrontar esas situaciones como una tortura o como un evento natural, está en nosotros y depende de cómo decidamos ver la realidad. Depende de a qué pensamientos les damos cabida en nuestra mente y qué acciones tomamos desde la consciencia de que hay cosas en nuestra realidad que simplemente son así aunque no nos guste.

Yo creo que si dejamos de desear que las cosas sean diferentes y sufrir por lo que no se puede cambiar, o incluso por lo que tememos que pueda pasar (y nunca pasa), y más bien tomamos acción, posiblemente sea menos el sufrimiento y muchas más las posibilidades de que las cosas realmente cambien para bien.

¿Qué tal si empezamos a ver la vida con menos miedo y menos angustia? ¿Qué tal si convertimos nuestras experiencias en eso y nada más… En experiencias… ¿Qué tal si invertimos nuestro esfuerzo en generar ideas y pensamientos orientados al cambio en lugar de sufrir nuestra realidad (por dura o incómoda que sea)?

Yo estoy convencida de que si empezamos a ver la realidad tal cual es y no desde el deseo de que sea diferente, posiblemente las cosas sencillas de nuestra vida sean mucho menos trágicas y dolorosas, posiblemente empecemos a disfrutar más la vida y a tener menos miedo de cosas que ni siquiera van a pasar. ¡Yo empecé hoy!

Victoria Cadavid
Directora & coach de vida - Alfavalue 

Un gesto...

publicado a la‎(s)‎ 27 abr. 2015 8:43 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 26 may. 2015 15:07 ]

Un gesto, tres veces, para iniciar un buen día 
Luis Alejandro Esteban

Hoy quiero invitarlo a probar el método de "un gesto, tres veces, para iniciar un buen día". Es una teoría sobre la cual yo mismo aún hago pruebas, pero me gustaría conocer si a alguien más le funciona, y además es muy simple. Permítame explicarle cómo funciona.

La clave del método esta en el número tres (3). Pues usted debe buscar tres oportunidades al salir de su casa para hacer un gesto en especifico a otras personas; le recomiendo que sean las tres primeras personas que vea al salir de su casa; pero si no es así, también puede buscar la oportunidad en alguno de estos ejemplos:
  • Imagínese que usted va conduciendo rápidamente su carro, y al llegar a una esquina descubre a un peatón que desea pasar, usted (sin importar que detrás suyo viene un enfurecido taxista tocando la bocina) decide detener totalmente su vehículo y amablemente ofrecer el paso al peatón. Pues bien, ese es el momento perfecto para hacer el gesto 
  • Ahora piense en un típico día de viajar en bus hacia su lugar de trabajo, usted va sentado cerca de la puerta y al ver la oportunidad cede su espacio a una persona que esta evidentemente cargada de paquetes. Pues bien, he ahí otra oportunidad de hacer el gesto 
  • Usted se sube al ascensor del edificio, y allí va otra persona, usted, tal como siempre lo hace, le saluda y le pregunta cómo se encuentra. Pues bien, puede acompañar este momento con el susodicho gesto 
Ahora bien, ¿en que consiste el gesto?. Es simple… se debe curvar suavemente la boca en forma de u…. Quizás ya lo ha hecho en el pasado… dicen que es un gesto que se contagia… ¿Ya sabe de lo que hablo?

Así es… a mi me ha funcionado y lo invito a intentarlo… después de buscar tres oportunidades para brindar tres sonrisas al salir de casa… una extraña energía, quizás una bendición, tal vez un milagro, algo sucede… que hará que tenga un buen día, e incluso… quizás otras tres personas también lo tengan. ¿Qué opina?

Luis Alejandro Esteban
Director & Coach Ejecutivo – Alfavalue


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NOTA: Si desea mas información al respecto de los efectos positivos de sonreír, lo invito a leer acerca del estudio de los científicos psicológicos Tara Kraft y Sarah Pressman, de la Universidad de Kansas, Según el cual, se podría sugerir que sonreír puede ayudar a reducir la intensidad de la respuesta del cuerpo al estrés. Puede encontrar mas detalles aquí: www.psychologicalscience.org/index.php/news/releases/smiling-facilitates-stress-recovery.html

No se deje de nadie

publicado a la‎(s)‎ 14 abr. 2015 7:29 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 14 abr. 2015 8:06 ]

Por Victoria Cadavid

Hace unos años, mientras me dirigía hacia mi casa alguna vez escuché una conversación que me pareció muy interesante. Una madre muy joven hablaba con otra sobre el carácter de su hijo, que no debía tener más de 2 años. Ella hablaba con orgullo de lo despierto y obediente que era su hijo enfatizando que era un niño que no le daba ningún problema, sin embargo lo que verdaderamente me llamó la atención es que en un momento ella paró y lanzó una frase que parece estar arraigada en lo más profundo de las células de una gran mayoría de personas en mi país.

Luego de hablar maravillas sobre el carácter de su pequeño esta madre contundentemente dijo, “pero yo si le voy a enseñar a mi hijo a que no se deje de nadie”. Esa frase taladró mi cabeza y hasta el día de hoy no ha dejado de cuestionarme, ya que la he oído repetirse por años como si hiciera parte de nuestra herencia o nuestra tradición como sociedad.

Muchas veces me pregunto a qué se refería esa mamá exactamente… ¿Para qué quería preparar a su hijo? ¿Es realmente tan hostil la realidad de un niño de 2 años como para que tenga que vivir preparado para no dejarse de nadie?

Yo sí creo que es necesario que los niños aprendan a cuidar de sí mismos, que tengan confianza suficiente para hablar de todo lo que les pasa incluso frente a amenazas y manipulación, y que sepan identificar todo aquello que representa riesgo para su vida y su integridad. Que eviten exponerse a cosas peligrosas e inconvenientes. Que sepan decir no y huir de las situaciones que los ponen en riesgo o contradicen lo que se les ha enseñado en su casa. Que desarrollen consciencia y carácter para defender sus convicciones y vivir de acuerdo con sus valores.

Yo estoy plenamente consciente de que vivimos en un mundo hostil, injusto, peligroso y extremadamente desafiante, que requiere seres humanos conscientes de sí mismos y de lo que los rodea, con carácter suficiente para defender sus convicciones, honrar sus valores y decir no cuando tengan que hacerlo, sin embrago creo que esa necesidad de estar preparados para “no dejarnos de nadie” lejos de servir como un mecanismo para que los seres humanos aprendamos a cuidar de nosotros mismos nos ha convertido en personas egoístas, crueles y violentas, incapaces de actuar de forma altruista ya que sentimos que hacer algo desinteresado por los demás es como sacrificar nuestro bienestar y eso sería “dejarnos de los demás”.

Lamentablemente hemos construido una cultura en la que hacer lo correcto es sinónimo de ser tonto, actuar de forma desinteresada en favor de los demás es sinónimo de no tener carácter e incluso consideramos que las personas que no van detrás de lo que quieren, a costa de lo que sea, son personas condenadas al fracaso.

Esta cultura de no dejarse de los demás nos ha convertido en conductores frenéticos, que usan la bocina en los semáforos y en las señales de alto, cuando les parece que el carro de adelante se está demorando mucho. Aceleramos cuando el vehículo del frente nos pide la vía, no toleramos que el carro de adelante le de paso al peatón o frene cuando el semáforo está en amarillo, hacemos doble fila en los cruces y nos quejamos con ira e indignación si alguien nos reclama, porque desde luego, no nos podemos dejar…

Vivimos en una sociedad que celebra la ilegalidad como sinónimo de astucia pero se indigna cuando alguna de esas acciones ilegales toca nuestra propia carne. Una sociedad decidida a defender con uñas y dientes lo propio, pero con una absoluta inconsciencia de lo colectivo… Es como si lo de los demás por el solo hecho de no ser mío, ya representara algún tipo de amenaza contra mis intereses.

Nos quejamos de la corrupción pero vivimos en ese mismo afán de beneficio individual que impulsa a los corruptos a hacer mal uso de los recursos públicos. Creo que esa necesidad de beneficio propio nos ha convertido en ciudadanos ciegos, indolentes, incapaces de ver la necesidad del otro. Es como si el respeto, la tolerancia, la consideración hacia los demás y el altruismo fueran sinónimos de pusilanimidad ya que esas son actitudes que nos convierten en personas que “se dejan de los demás”.

Esta forma de pensar, este estilo de vida defensivo tristemente nos condena a sentirnos amenazados permanentemente y a fracasar en cualquier proceso de negociación ya que siempre estamos buscando el mayor provecho para nosotros sin importar si el otro sale perjudicado o no.

Esta forma de pensar nos ha convertido en expertos en el arte de excusarnos y argumentar, con tal de no reconocer que estamos equivocados y que el otro posiblemente tenga la razón. Hacemos uso de todo nuestro talento (y sí que somos talentosos) para encontrar los motivos por los cuales la culpa siempre es del otro.

Pero mi pregunta es… ¿Que podría pasar si en lugar de ser esas personas que no se dejan de nadie, nos convertimos en personas conscientes de que los demás tienen puntos de vista diferentes y válidos y dejamos de sentirnos obligados a tener siempre la razón? ¿Qué podría pasar si en lugar de vivir a la defensiva para no dejarnos de nadie, aprendemos a cuidar de nosotros mismos con consciencia de los riesgos pero con más consciencia aun de que estamos rodeados de otras personas a las que podemos afectar con nuestro comportamiento? ¿Y qué tal si incluso tenemos la valentía de reconocer que muchas veces esas personas que nos rodean pueden tener necesidades aún mayores a las nuestras?

¿Qué podría pasar si algún día dejamos de pelear tanto por lo que nos parece injusto contra nosotros y cedemos en pro del beneficio común? ¿Qué tal si dejamos de instigar a los demás a ver las fallas de los otros y magnificar el perjuicio que eso nos causa y empezamos a corregir nuestras propias falencias?

Yo creo que el día que empecemos a ponernos en los zapatos de los otros y nos desprendamos de la profunda necesidad de no dejarnos de los demás, posiblemente empecemos a apreciar puntos de vista diferentes y a aprender de la experiencia de los demás.

Estoy convencida de que al quitarnos de encima la necesidad de enrostrarle a los demás lo que nos parece que están haciendo mal y tener una mayor consciencia de nuestra responsabilidad en la sociedad, llegaremos a mejores términos en nuestros procesos de negociación, aprenderemos el valor de ceder en pro del bien común y con seguridad empezaremos a tener menos altercados, menos peleas, menos presión, menos ira y en consecuencia, menos violencia.

Creo que el día en que entendamos la importancia de cumplir con gusto las normas básicas en aras del beneficio común, apreciemos la ley como un mecanismo de defensa de la sociedad y dejemos de admirar la sagacidad de los que obtienen todo por la vía fácil, ese día con seguridad estaremos dando el primer paso para construir una sociedad en la que no sea necesario defendernos de los demás sino vivir en un medio más tolerante y con certeza, mucho más amable para todos.


Victoria Cadavid
Directora & coach de vida - Alfavalue 

Las palabras son muy poderosas

publicado a la‎(s)‎ 14 abr. 2015 5:49 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 14 abr. 2015 5:51 ]


La vida es injusta

publicado a la‎(s)‎ 12 mar. 2015 15:50 por Alejandro Esteban   [ actualizado el 14 abr. 2015 5:50 ]


La vida es injusta


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Más allá de nuestro miedo más profundo

publicado a la‎(s)‎ 18 feb. 2015 9:00 por Usuario desconocido   [ actualizado el 18 feb. 2015 9:02 ]

Por Victoria Cadavid
Coach de Esencia

Una de las reflexiones más inspiradoras que he oído en mi vida es el pasaje del libro “A Return to Love” de Marianne Williamson, sobre nuestro miedo más profundo, inmortalizado en el discurso de posesión presidencial de Nelson Mandela en 1994.

 

En este pasaje se menciona que nuestro miedo más profundo no es ser inadecuados sino ser poderosos sin medida y se exploran diferentes aspectos de la capacidad humana versus el miedo que nos paraliza y nos impide explotar nuestro potencial y dejar que el mundo se beneficie de eso maravilloso y único que cada uno de nosotros tiene.

 

Una de las cosas que más me entusiasman de ese pasaje es que yo creo firmemente en la forma en que la autora describe nuestra capacidad de mostrar la gloria de Dios que vive dentro de nosotros, y creo que pocas veces he tenido la oportunidad de oír de forma tan clara un reconocimiento a lo que somos los seres humanos.

 

Si bien me parece interesante la idea de que muchas veces no dejamos brillar la luz que hay dentro de nosotros por miedo a no ser capaces o a no tener lo que se necesita, lo que me resulta más alarmante de la condición en que vivimos los seres humanos es que muchas veces ni siquiera llegamos a experimentar ese temor a ser rechazados por ser especiales o ese temor a que otros se sientan inferiores frente a nuestra capacidad, porque sencillamente en la mayoría de los casos ni siquiera somos conscientes de todo lo que hay dentro de nosotros.

 

Me gustaría pensar que el problema es el miedo a ser tan capaces como podemos ser o tan talentosos como podemos ser, pero debo admitir que en el caso de reconocer nuestras habilidades y nuestra capacidad de impactar al mundo e incluso hacer la diferencia en una sociedad que tanto lo necesita, puede que nuestro enemigo no sea el miedo sino la inconsciencia.  

 

Vivimos en un mundo que históricamente nos ha puesto estándares y estereotipos de toda clase, que nos exige que nos adaptemos a lo que se espera de nosotros y nos condena al fracaso si no alcanzamos lo que los demás definen como éxito. Estamos en un mundo dónde la satisfacción personal se deriva de lo que se logre bajo los estándares de otros y atropellamos a los demás y los acusamos por considerar valiosas e importantes cosas que a nuestro juicio individual carecen de sentido práctico al no estar enfocadas en el logro de los resultados o no se adaptan a los estándares que espera la sociedad.

 

Estamos en un mundo que nos acusa al defender nuestras convicciones y en ese devenir de egoísmo y expectativas ajenas carecemos de la capacidad de pensar por nuestra cuenta y del tiempo que se necesita para pensar qué es lo que le podemos aportar al mundo.  Vivimos en una época en la que nos han convencido de que nuestro aporte al mundo es dar lo que el mundo espera de nosotros, pero que lejos nos lleva eso de nuestro propósito real de explorar lo que tenemos para dar y lo maravillosos que podemos ser.

 

A veces parece que dedicar tiempo a identificar lo que nos hace únicos y nos permite hacer la diferencia en el mundo, fuera una tarea infructuosa y una pérdida de tiempo frente  a labores más productivas; parece que nos distrajera de lo que “debemos hacer” en esa carrera hacia el éxito que nos impusieron, sin embrago no dejo de preguntarme, que pasaría con nuestro mundo si las personas valientemente se detuvieran a preguntarse qué tengo de especial que el mundo necesita… Puede que ahí sí experimentemos el miedo de enfrentarnos con todo lo que podemos ser. Ese día creo que por lo menos habremos dado el primer paso.

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